El Alfa

Nací en casa de mis padres hace treinta y ocho años una noche de octubre en que podía verse tímidamente la luna naciente y bajo el signo de libra en un remoto lugar del cono sur de América. Luego de cortarme el cordón umbilical mi abuela dijo que pasarme una pluma de un ave llamada perdiz en la planta de los pies me traería suerte en la vida. Los perros no dejaban de aullar, grillos y sapos parecían saber que una vida más llegaba a este mundo. Dos años más tarde estrené mis primeros zapatos, ya no usaba pañales y mi pelo abundantemente crespo al peinarlo mi madre me recordaba cada mañana que la vida de una mujer desde temprano extiende sus lazos con el dolor de quien con el tiempo a medida que crecía aprendí a valorar, respetar y tolerar. Tres años más tarde moría mi abuela de un doloroso cáncer en su cama rodeada de sus hijas a quien les hizo prometer que perdonarían a su padre que ante esta enfermedad había huido hacía meses con otra mujer.
         Durante diez años recorrí la playa que se ubicaba en el jardin de esa casa, pescando con mi padre quien me enseñó el arte de la paciencia esperando por horas a que el pez picara el anzuelo. Otras veces, cuando saliamos a cazar en el bosque que daba al patio de atrás había que observar las huellas de los animales, oler su frescura, calcular su peso, su edad para alistar la escopeta. Aprendí con él que la sobrevivencia era cosa de atención a las otras creaturas que te rodeaban. Me bañé algunas noches en las quietas aguas saladas pensando que la luna me sonreia a lo que mi mamá contestaba que me haría un sahumerio para espantar a los brujos. Crecí en una familia profundamente católica, pero con una sabia mezcla de respeto por la naturaleza, respeto a las supersticiones de los indígenas, respeto por los adultos mayores y meditativa ante las decisiones de la vida. La escuelita a la que asistí solo tenia seis cursos por lo cual mis padres decidieron trasladarse a un pueblo cercano para que yo prosiguiera estudios ahí. Tenían grandes sueños para mi pues para ellos los libros eran mágicos pues tenían un lenguaje que ellos no entendían.Yo aprendía rápido, los libros me fascinaban, mi profesora me permitía escribir en la pizarra antes de acabar las clases pues amaba la forma en que sonaba la tiza y la manera en que otros podían entender lo que yo estaba pensando, eso era magia pura para mi como lo que lograba la curandera que vivía a unos metros de mi casa. Nos despedimos con mis seis compañeros, de los cuales todos ellos se quedaron a trabajar con sus padres pescadores y no continuaron más estudios. Subimos los pocos muebles al bote ayudados por otras familias que nos despidieron con pañuelos desde la orilla, anduvimos algunas horas y luego cargamos las cosas en una carreta tirada por caballos para finalmente despues de siete horas llegar a la cabaña donde finalmente viviríamos.Me sentía apenada pero despues de todo feliz, pues más desafíos me esperaban...

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