Un relatillo que he escrito para clase de lengua:
-Últimamente comienzan a olvidárseme las cosas, Carmen.
Ella me mira con una sonrisa dulce y comprensiva mientras estira la manta que me cubre las piernas.
-Eso es normal, a todos nos pasa. A todos nos llega la edad.
-Sí, ya tengo 80 años… aunque, a pesar de la vejez, hay cosas que no se olvidan, quiero decir que cuanto más te esfuerzas en borrar algo de tu memoria más persiste en tu cerebro y más te atormenta.
-Si quiere, tal vez le ayude, puede contármelo. A veces nos alivia hablar con los demás de nuestros problemas.
A lo mejor es cierto, es posible que todo este tiempo de silencio no haya supuesto más que una tortura para mi viejo corazón.
Quizá sea el momento de hablar, de rememorar y de llorar.
-Es difícil para mí compartir este dolor tan grande, así que déjame mi tiempo… si me paro a mitad del relato no preguntes nada, sólo déjame respirar.
-De acuerdo, no le meteré prisa, tenemos todo el día, y yo estoy aquí para escucharle.
Tomo aliento y carraspeo para aclararme la voz, como si con este gesto todo fuera mucho más fácil.
-Todo empezó cuando llegó ella al pueblo, porque por aquellos años mi hijo Carlos y yo vivíamos en el pueblo.
Carlos la trajo de sus vacaciones en la ciudad, y en cuanto la vi supe que traería problemas.
Se llamaba Sandra.
Era una chica muy guapa, de esas a las que todo el mundo mira y sonríe cuando pasa cerca, y, para mi gusto, demasiado liberal.
Tenía la misma edad que mi hijo: 18 rebeldes años, y los dos creían que ya lo sabían todo de la vida.
La verdad, yo también lo creía de mí mismo, pero la vida no es, en absoluto, previsible y todavía no podía saber que pronto recibiría una cura de humildad.
Bueno, a lo que iba, eran todavía unos adolescentes, pero aseguraban estar muy enamorados, al menos Carlos lo estaba.
A mi parecer, él podía haber elegido a cualquier otra chica del pueblo y hubiera hecho mejor, y así se lo decía:
-Carlos, que esa chica no te conviene, que estos de la ciudad son muy raros y son problemáticos…además, ésta es una fresca.
Pero él no quería escucharme; estaba tan cegado por ella que siempre que sacábamos este tema de conversación acababa huyendo de mí dando un portazo enfadado.
El día que dio el último portazo fue un viernes de julio de 1980, y yo nunca sospeché que sería la última vez que le vería con vida.
Sonó tan similar a los anteriores…ningún detalle o comportamiento extraño me hizo dudar.
Ni siquiera pensé, ni por un instante, en la posibilidad de que no volviera para la cena.
Pero, como he dicho antes, la vida no es previsible y aquel día, tras pelearse conmigo fue corriendo al bar a buscar a Sandra, lo cual no era algo fuera de lo normal, aunque lo que ocurrió después si lo fue.
Los que estaban en el bar aquella tarde cuentan que Carlos la cogió de la mano y sin preguntarle siquiera la sacó de allí a la fuerza, aunque ya se sabe que en todos los pueblos hay muchos a los que les encanta crear leyendas a partir de las historias que no tienen ninguna clase de misterio exagerando todo hasta el límite.
Los versiones más fidedignas cuentan que no parecía haber ningún problema entre ellos y que simplemente salieron del bar juntos y escaparon del pueblo en el nuevo y reluciente coche que Carlos había comprado por su mayoría de edad, y es que, no lo he dicho antes, pero gozábamos de una buena economía.
Solo tengo un dato más de lo que pasó aquella noche: el coche de Carlos quedó destrozado, Sandra salió ilesa…y mi hijo muerto.
Ningún padre debería enterrar a su hijo, ese no es el orden correcto de la vida.
A partir de ese momento yo siempre culpé a Sandra de la muerte de mi hijo, si ella no hubiera aparecido en su vida nada de esto hubiera pasado.
Ella fue la que más amargamente lloró en su funeral, y aquello me hizo pensar que era factible que ella le amara realmente, pero eso no consiguió enternecer mi actitud hacia ella ni el modo en que yo la juzgaba.
Muchas veces intentó hablar conmigo, y la verdad, cada vez que venía se la veía más rellenita.
Pronto se supo en todo el pueblo que ella estaba embarazada, y que el padre de la criatura no era ni más ni menos que Carlos.
Parece ser que por eso estaba tan alterado aquella tarde mi hijo…se le hacía grande todo aquello.
Cuando me di cuenta de la situación en que se hallaba la pobre muchacha me digné en hablar con ella, o más bien, en escucharla.
Nunca me he sentido tan culpable como me sentí aquella tarde.
Sentí vergüenza de mi propio hijo, al que tanto había defendido, llorado, y querido.
Ella me explicó entre lágrimas que esa tarde de viernes tan nefasta Carlos había ido a buscarla al bar y que cuando ya se encontraban a las afueras del pueblo ella le había comunicado la noticia del embarazo y le había dejado bien claro que no pensaba abortar. Mi hijo, al parecer, cuando se enteró de aquello la abandonó gritando y comenzó el camino de vuelta al pueblo sin ninguna intención de volver con Sandra, dejándola totalmente tirada.
Mi hijo, al que yo tanto admiraba, fue un cobarde que no supo aceptar su responsabilidad, ni siquiera supo quererla de verdad.
Decidió ahogarse en alcohol en el primer bar de carretera que pilló y volver conduciendo a casa de madrugada y borracho.
Un camión arrolló su coche, y de paso, su vida.
Y eso es todo.
Carmen me mira con los ojos muy abiertos, está seria, inmersa en mi historia.
Me pregunta:
-¿Qué pasó con Sandra?
-Tuvo a su hijo y se fue del pueblo para no volver más, al cabo del tiempo el pueblo quedó casi desierto y yo también emigré a la ciudad, pero nunca volví a saber de ella ni de mi nieto. Porque eso sí sé, es un chico.
-¿No ha intentado localizarles nunca?
Niego con la cabeza y le respondo:
-Nunca me he atrevido, la traté muy mal en su tiempo, no creo que quiera saber nada de mí.
Carmen no intenta convencerme de lo contrario, supongo que piensa que fui un ogro.
Bueno, solo es una enfermera más del hospital tampoco me importa demasiado su opinión.
Carmen me mira con esos ojos verdes tan intensos y esboza una ligera sonrisa al decir:
-Pues no sé si ella querrá verle o no, pero acaba de recibir un ramo de flores con los nombres de Sandra y de Jaime en la tarjeta.
Sonrío y dejo que una lágrima ruede por mi mejilla al escuchar esas dulces palabras y todo se hace oscuro de repente. Mi cuerpo se relaja totalmente y ya lo veo todo desde otro punto.
Veo cómo Carmen se levanta estrepitosamente de la silla en la que estaba sentada y presiona mi pecho durante varios minutos.
Finalmente, lanza un fuerte suspiro y hace entrar a un médico a la habitación que sólo dice con voz fría:
-Hora de la muerte: 19:45